Alejandro Göttig
Por Alejandro Göttig
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Especialista en Desarrollo Sostenible, con foco en electromovilidad y cadena de valor.

La demanda de un producto nuevo puede ser un dato difícil de construir, a veces difuso y hasta incierto. Sin embargo, pocas veces hubo una demanda tan clara y ansiada como la llegada del vehículo eléctrico de forma masiva, los números de los últimos años lo demuestran.

El Tesla Model 3 alcanzaba 400.000 reservas en 2016 y su entrega podía demorar hasta 2 años. En 2018, Volkswagen suspendía las reservas del Golf eléctrico al verse desbordada de pedidos en Alemania. Algo similar le ocurrió a Hyundai ese mismo año, que suspendió las ventas del modelo Kona en Noruega cuando los pedidos superaban 8 veces su capacidad de entregas. Ya en pleno agosto 2020, mientras la pandemia desploma las ventas de automóviles en todo el mundo, los eléctricos acumulan un incremento del 111% en Europa respecto del mismo mes de 2019; siendo quizá el modelo eléctrico de la firma alemana Porsche el ejemplo más contundente: su flamante Taycan superó en unidades vendidas al mítico modelo 911 desde su primer mes de comercialización.

Ahora bien, si es tan clara la demanda, ¿por qué no hay una mayor oferta que esté capturando esta oportunidad? El tema de las baterías puede emerger como un gran desafío que reconoceremos a primera vista. Su alto costo todavía puede representar hasta un 40% del valor final del vehículo, y su disponibilidad en cantidades suficientes ha sido también un verdadero cuello de botella. Pero ambas cuestiones están francamente en vías de solución en un horizonte de 2 a 3 años. Entonces, ¿es esto lo único que detiene una mayor oferta? Nunca vivimos tanta innovación junta como en las últimas dos décadas, ¿por qué la industria automotriz se demoró tantos años en adoptar este salto tecnológico y evolutivo?

La llegada del vehículo eléctrico supone una nueva complejidad, y una gran simplificación al mismo tiempo. Es otro paradigma. Una disrupción tan grande que pone en riesgo la centenaria industria automotriz tal como la conocemos. La entrada de nuevos jugadores internacionales de peso que traen la tecnología que hace al corazón del negocio, desequilibra el escenario dominado por el tradicional fabricante automotriz. Tal como se leía en un informe de 2019 de la Asociación de Fabricantes de Automotores de Argentina: “el auto dejó de ser un auto para convertirse en una computadora sobre ruedas”. Y no es solo una cuestión de patentes, capitales e inversiones, sino que también de velocidad de innovación. Inteligencia artificial, Big Data, Internet de las cosas, 5G, Gigas y Teras, parecen avanzar demasiado rápido al lado de los 4 largos años de desarrollo que requiere un vehículo convencional sin grandes cambios conceptuales, para tener luego un ciclo de vida de 8 a 10 años.

Mientras que la gran simplificación del vehículo eléctrico viene por su diseño constructivo. Una real amenaza o una oportunidad inédita, según se interprete. Al clásico automóvil ensamblado con unos 3.000 componentes, se le quitan alrededor de 2.000 correspondientes al motor de combustión y la transmisión, para reemplazarlos por apenas 100 que componen el motor eléctrico y la batería principalmente. Un cambio físico radical con un fuerte impacto en lo económico. OEM y autopartistas ven amenazados su continuidad en el negocio; mientras que, para otros, la simplificación constructiva es una ventana de oportunidad en el entramado automotriz para el ingreso de nuevos fabricantes. Desde la icónica Tesla hasta nuevas marcas chinas, pasando por cientos de start-ups que se lanzan a producir vehículos eléctricos de todo tipo y tamaño alrededor del mundo. Incluso países no tradicionales como Honduras o Perú ya ensamblan buses eléctricos desde este año. Una verdadera descentralización del negocio, con saldo incierto aún, pero que seguro cambiará el mapa productivo y traerá varias sorpresas.

Y la disrupción no es sólo en el aspecto manufacturero, sino que también ocurrirá en los servicios. La menor cantidad de componentes y simplificación constructiva, incrementan la robustez mecánica del vehículo y reducen notablemente las necesidades de mantenimiento o reparaciones. Adiós a los cambios regulares de aceite, filtros, correas y frenos. Según un reciente análisis de Consumer Reports sobre datos de 2019 y 2020, los conductores de vehículos eléctricos están ahorrando un 50% en el costo de mantenimiento y reparación en el ciclo de vida de un vehículo, respecto de homónimos de combustión interna. Hasta las estaciones de servicios tienen una alerta encendida, ya que más del 80% de los usuarios recargan la energía en sus casas durante la noche. La buena noticia en el campo de los servicios viene de la mano la movilidad como servicio (MaaS por sus siglas en inglés). Una tendencia que va creciendo rápidamente en las grandes ciudades, dando lugar a nuevos negocios.

En conclusión, hay algo más que baterías en juego. Deja de ser un tema de automotrices del ámbito privado y pasa a ser un tema de interés público, que requiere de decisiones estratégicas y políticas específicas de Estado. Angela Merkel puede contar cuánto se arriesga en este cambio de paradigma: 7% del PBI germano proviene de su industria automotriz, el 30% de sus exportaciones; más de 21.000 millones de Euros anuales según datos del año 2018. Son 13 millones de empleos en toda Europa, para tener alguna referencia de las magnitudes en disputa. Sin embargo, la demanda presiona, el esquema automotriz establecido por John Rockefeller y Henry Ford se tambalea, la crisis climática empuja y requiere medidas urgentes. Y en ese marco, el vehículo eléctrico es tan disruptivo que parece patear el tablero para barajar y dar de nuevo.

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