Alberto Escobar
Por Alberto Escobar
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El aumento de las medidas de restrictivas por el COVID-19 en todo el mundo, reflejadas a través de las cuarentenas preventivas y obligatorias, ha generado un curioso pero positivo efecto en los índices de contaminación ambiental.

En estos más de 7 meses de pandemia se ha detectado una notable reducción del material particulado aéreo MP2,5 y del óxido de nitrógeno, ambos contaminantes que están fuertemente vinculadas a las fuentes de emisiones que derivan del sector del transporte.

Tenemos claro que cada país no volverá a ser el mismo de antes con este brote epidémico y que tendremos que volver a una normalidad muy distinta a la que estábamos acostumbrado, incluida la forma en cómo funciona la movilidad, que será cada vez más individualista.

Si bien este es un escenario que va a tener un efecto pasajero en términos de contaminación y moderado en relación al cambio climático – principalmente por la permanencia de los gases de efecto invernadero en la atmósfera- , muchos ciudadanos han podido experimentar en tiempo real las ventajas de tener ciudades más limpias y menos ruidosas, y por consecuencia, conocer indirectamente los beneficios que persigue la electromovilidad y las ciudades inteligentes para mejorar nuestra calidad de vida.

Conscientes de que estamos ante una de las emergencias sanitarias más graves de los últimos 50 años, no debemos olvidar que la contaminación genera impactos en las enfermedades respiratorias y que esta situación nos debe plantear el desafío de ir redefiniendo la manera en cómo queremos proyectar una movilidad sostenible, y de qué forma podemos repercutir favorablemente en la salud urbana de la población.

No sólo basta con masificar la electrificación del transporte público, de carga o de los vehículos particulares, sino que debemos tener una visión mucho más amplia e ir apostando por un modelo eficiente y flexible de transporte que proporcione patrones de movilidad inteligente que apueste por el bajo consumo de carbono, que priorice elevar la calidad de vida urbana y el bienestar colectivo, así como la creación espacios públicos confortables que favorezcan la convivencia ciudadana.

Los usuarios también deben incorporarse a este cambio de paradigma y comenzar a añadir los criterios de eficiencia energética y sostenibilidad a su elección de los modos de transporte y al uso que realizan de los mismos.

Probablemente esta será la temporada más limpia en términos de emisiones que tendrá nuestras ciudades en décadas, por lo tanto, deberíamos aprovechar esta contingencia para enfocarnos a bajar los niveles de contaminación del transporte en forma permanente y adaptarlo como un compromiso que cada uno de los países debería incorporar en sus agendas políticas.

Si bien el cambio climático ya no es una suposición, sino que una realidad que nos obliga a todos los actores del sector del transporte a trabajar en forma conjunta para lograr que exista una movilidad más sustentable, hay que tener claro que en los próximos dos años la electromovilidad tendrá un rol secundario debido a los profundos cambios sociales y económicos que provocará esta emergencia sanitaria.

Esta pandemia nos ha hecho repensar la forma en cómo nuestras ciudades se pueden adaptar a la movilidad del futuro, y para ello, debe existir un compromiso implícito por parte del sector público y privado para que desplieguen todos los esfuerzos posibles para que todos los avances que se han logrado en esta materia permanezcan y no se retroceda.

Con la pandemia del covid-19 debemos sacar lecciones, y una de ellas, es entender que es posible hacer más eficientes nuestros traslados y que sí podemos contribuir a reducir drásticamente los niveles de CO2 y NOx que nosotros mismos provocamos en la ciudad.

 

Alberto Escobar

Presidente de la Agrupación de la Movilidad Eléctrica de Chile

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