Diego Cosentino
Por Diego Cosentino
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Si se estima que el transporte urbano es responsable del 30% de la demanda mundial de energía y de una cuarta parte de las emisiones totales de CO2, podemos afirmar que los países de América Latina y el Caribe tienen una gran oportunidad de ser protagonistas en la reducción del impacto ambiental producido por el sector, ya que cuentan con una de las matrices energéticas más limpias del mundo, con la posibilidad de ampliar la capacidad de energías renovables.

En ese contexto, ¨que tienen en común¨ la pandemia con la movilidad sostenible? Estudios recientes han asociado la mala calidad del aire con la mortalidad por COVID-19, por lo cual es clave dirigir esfuerzos significativos hacia formas de movilidad sostenibles y su electrificación.

Los riesgos de contagio no solo están cambiando hábitos en el consumo, trabajo y de relacionamiento, entre otros, sino también la forma en la que nos movilizamos.

Como ejemplo, en Argentina el transporte público de uso masivo se esta convirtiendo, por lo menos a mediano plazo, en un ¨servicio exclusivo¨, limitando su capacidad al trasladar únicamente a personas ubicadas en los asientos, lo que implica aumentar las frecuencias y cantidad de unidades, además de tener estrictos protocolos de desinfección.

Todo ello ante obvias razones de complejidad operativa y de escasa viabilidad económica. El uso del automóvil particular podría ser una alternativa fácil, pero costosa, sin mencionar el impacto ambiental y de congestión que provocaría el incremento en la circulación.

Cumpliendo con las prevenciones sanitarias, estas situaciones pueden significar una oportunidad para generar un cambio hacia formas de transportes mas sostenibles a través del traslado responsable en bicicletas, monopatines y scooters eléctricos.

Se estima que para el año 2030 un tercio de los viajes cortos, en promedio hasta 8kms, que hoy realizan los automóviles en zonas urbanas, podrian ser reemplazados por estrategias de micromovilidad.

Por otro lado, los automóviles híbridos y eléctricos también son una muy buena opción, la cual requiere de mayor debate en términos de incentivos, beneficios e infraestructura de carga disponible.

Se trata de un modelo integral que implica una creciente adaptación y concientización social, sumado a la oportunidad de los gobiernos en reforzar acciones concretas a través de regulaciones y adecuación de la infraestructura que beneficien el acceso a transportes alternativos cero emisiones.

Un ejemplo de ello es el uso de carriles temporales destinados a difundir el uso de bicicletas recientemente implementados en algunas ciudades de Europa y América Latina., a muy bajo costo.

En ese sentido es muy alentador pensar que la misma voluntad y compromiso asumido en contener la pandemia del COVID-19 a través de diferentes cambios de hábitos que estamos viviendo, puede ser un reflejo de los esfuerzos y las acciones necesarias para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero generados por el transporte.

La razones son de lo más elocuentes para ambos casos, salvar vidas, reducir el impacto ambiental y económico en materia de salud durante las próximas década.

Autor: Diego Cosentino, Especialista en Movilidad Sostenible | E-Mobility.

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